Mujeres patrimoniales de Camagüey I

Mujeres patrimoniales de Camagüey I

  • Amalia Simoni destacada camagüeyana del siglo XIX.
    Amalia Simoni destacada camagüeyana del siglo XIX.

Camagüey ha celebrado este febrero 2017 su cumpleaños 503 y su semana de cultura de rica historia engrandecida también por las mujeres que dieron aliento y combatieron por la emancipación humana desde los tiempos fundacionales de la nación.

Trascender para las mujeres, desde las épocas más remotas, siempre fue equivalente a pasar por encima de los innumerables obstáculos que la sociedad coloca antes las hembras de esta especie desde el mismo momento en que nacen las niñas.

Para que una mujer trascienda en cualquier ámbito tiene que ser escandalosamente destacada, mucho más que un hombre para ser reconocida, aunque como casi todo el mundo dice sin recato, detrás de todo gran hombre hay una gran mujer, lo cual no exime a esa gran mujer de permanecer a la sombra de la grandeza masculina.

Como así, se ha comportado la historia de la humanidad, generalmente las mujeres que han logrado trascender suelen conseguirlo a partir de ser el apoyo, la ayuda, el sostén de revolucionarios, guerreros, relevantes descubridores o pensadores de los cuales se reverencian sus huellas, sus aportes, sus legados, mientras en alguna parte de tales homilías y ditirambos se menciona escuetamente alguna colaboración femenina.

A pesar de esas condicionantes generales en el Camagüey, a más de quinientos kilómetros de la capital, una de las villas fundacionales de Cuba durante el Siglo XIX hubo una pléyade de mujeres que se hicieron de un sitio en la historia por sí mismas y su valía fue reconocida por los mejores hombres de su época, quienes en varios casos contribuyeron a su formación y las eligieron como compañeras por los meritos de inteligencia y valor. Entre ellos surgieron amores paradigmáticos como los de Amalia Simoni e Ignacio Agramonte y Ana Betancourt e Ignacio Mora.

Camagüey fue también el sitio de nacimiento y formación de la trascendental Gertrudis Gómez de Avellaneda, quien por su talento literario y su arrojo figura entre los más grandes escritores hispanoamericanos y va a ser para las camagüeyanas un punto de referencia para el homenaje, aunque a diferencia de otras no fue de las mujeres lugareñas que alcanzó el relumbre de la insurgencia contra España.

Es a partir del Álbum poético fotográfico de escritoras y poetisas cubanas, escrito por Domitila García de Coronado en 1868, y dedicado a Gertrudis Gómez de Avellaneda, que tenemos noticias sorprendentes de la cantidad de camagüeyanas que intentan trascender las limitaciones impuestas y expresarse públicamente, porque uno de los problemas para la trascendencia femenina es el silencio que comenzó a ser esquivado mediante diarios y epístolas cuando se les permitió aprender a leer y escribir. Porque para trascender hay que tener la suerte de poder ser conocida y valorada.

Es muy interesante apreciar como las camagüeyanas de clase alta, de familias de abolengo, con la impronta de las ideas separatistas del yugo español comienzan a crecer como seres humanos más allá de las buenas costumbres hogareñas, de la educación refinada, la preparación para ser esposas y madres ejemplares. Y ese será un núcleo fundamental. Pero habrá otro núcleo y es el interés por la expresión artística.

Lamentablemente, por tratarse de mujeres no se ha estudiado con suficiente profundidad, esos atisbos de grandeza de los que quiero dejar constancia para estimular la búsqueda. Y se conocen menos las que no fueron esposas de grandes personajes, pero es muy significativo que desde el primer gesto insurgente contra España en 1851, cuando la primera expedición de Frasquito Agüero que fue ejecutado, las mujeres manifestaron su rebeldía cortándose los cabellos, que era entonces uno de sus signos distintivos.

Las dos guerras de independencia tuvieron en las camagüeyanas apoyo valioso y es importante nombrarlas para conjurar esa muerte verdaderamente definitiva que es el olvido. Entre aquellos legendarios seres está por derecho propio Concha Agramonte Boza, quien participó en las dos contiendas y perdió cinco hijos en la lucha. Figura también Ana Josefa Perdomo, que fue la compañera de Joaquín de Agüero, otro mártir de la independencia antes de 1868. Gabriela de Varona Varona perdió a todos los hombres de su familia en la Guerra de los Diez años, fue hecha prisionera, sufrió humillaciones y dolores y se reincorporó a la lucha en el 95. Caridad Agüero Betancourt, finalizada la contienda del 68, se fue al exilio y regreso en el 95 con armas que se utilizaron en el levantamiento de junio de ese año en Las Guácimas de Montalbán. Juana Arias, peleó en las batallas de Las Guácimas, La Sacra, Palo Seco y Los Melones y se ganó los grados de Coronel del Ejército Libertador, otorgados por el Generalísimo Gómez.

Otras fueron arriesgadas mensajeras, como Beatriz de Varona Guerra, conocida como La calandria. También María Aguilar Borrego teniendo tan solo 15 años fue una colaboradora excepcional en el 95. Antes habían sido asesinadas Mercedes y Juana Mora de la Pera en la manigua y Ana Josefa Agüero Varona fue ejecutada por orden del Gobierno español en 1876.

Dentro del panteón de mujeres patrimoniales de Camagüey que trascendieron a favor de la gesta independentista está como figura cimera Ana Betancourt Agramonte de Mora, con una historia verdaderamente peculiar. Ana pertenecía a una de las familias acaudaladas del Camagüey, y recibió la educación tradicional de las mujeres de su época. Pero en 1854, a los 22 años, se casó con Ignacio Mora de la Pera, quien a diferencia del común de los mortales se empeñó en cultivarla intelectualmente. El esposo se convirtió en su profesor y le enseño idiomas, gramática, historia, porque evidentemente quería una compañera con quien compartir sus ideas de progreso y libertad. Ignacio Mora se hizo notable por sus actividades conspirativas y luego del Alzamiento de las Clavellinas, donde inicia la guerra del 1868 los camagüeyanos, Ana tuvo que salir de la ciudad porque era perseguida por sus ideas.

Cuando el 16 de abril de 1869 se constituye la República de Cuba en Armas, después de escuchar los debates de la asamblea constituyente, Ana improvisa un mitin y pronuncia una arenga histórica:

“Ciudadanos: La mujer en el rincón oscuro y tranquilo del hogar espera paciente y resignada. Esta hora hermosa rompe su yugo y desata las alas.

“Ciudadanos: Aquí todo era esclavo, la cuna, el color y el sexo. Vosotros queréis destruir la esclavitud de la cuna peleando hasta morir. Habéis destruido la esclavitud del color emancipando al siervo, llegó el momento de liberar a la mujer”.

Gracias a Ana Betancourt la República de Cuba nacía con un elemento que ignoró por completo la Gran Revolución Francesa, el factor de la emancipación femenina, con el cual, al plantearlo Ana se adelantaba un siglo en el reclamo de los derechos de la mujer.

“Cuentan que Carlos Manuel de Céspedes, el gran primogénito de la independencia cubana la abrazó diciéndole: El historiador cubano, al escribir sobre este día decisivo de nuestra vida política, dirá como usted, adelantándose a sus tiempos pidió la emancipación de la mujer.

Ana Betancourt Agramonte sufrió los avatares de su época. Perdió a su amado en la guerra, fue hecha prisionera, salió obligada al exilio, pero nunca abdicó de sus ideas y su casa de Madrid fue refugio de cubanos patriotas hasta el mismo día de su muerte el 7 de febrero de 1901, cuando preparaba su regreso a Cuba.

Amalia Simoni de Agramonte padeció igualmente los rigores de la lucha por la independencia cubana. Era una muchacha cultivada, que sabia idiomas y había viajado por Europa, cuando Ignacio se prendó de ella. Dulce de carácter, pero firme al punto que cuando su padre no aprobó el matrimonio por considerar que Agramonte tenía menos fortuna, Amalia le expreso: No te daré, papá, el disgusto de casarme contra tu voluntad, pero si no es con Ignacio, con ninguno me casaré.

Es antológica la historia de aquellos amores con los que Amalia fue consecuente hasta su muerte, y muy significativo que sus dos hijos se gestaron en la manigua hasta que no tuvo otra alternativa que marchar al exilio. Pero antes protagonizó sucesos verdaderamente memorables. En una oportunidad fue hecha prisionera y el jefe español del entonces Puerto Príncipe le pidió que escribiera a Agramonte para que depusiera las armas. La respuesta de Amalia fue contundente: Primero me cortará usted la mano que le escriba yo a mi marido que sea traidor. Un gesto coherente con la mujer que siempre había dicho a su amado: Tú deber antes que mi felicidad es mi gusto, Ignacio mío.

En el exilio en Estados Unidos, cuida de sus dos hijos pequeños, pero desarrolla un fuerte activismo a favor de la independencia de Cuba. Cuando muere Agramonte el 11 de mayo de 1873, Amalia esta en Mérida, México y enferma de gravedad por la pérdida de su adorado. Regresa a Puerto Príncipe al finalizar la Guerra de los Diez Años, pero al recomenzar la contienda en 1895 el Gobierno español la obliga a emigrar. De regreso a Estados Unidos se empeña en colaborar con la lucha y hasta aprovecha su bella voz de soprano en funciones para recaudar fondos. Al terminar la guerra se opone a la intervención americana y a la Enmienda Platt. Cuando el gobierno cubano de la época quiere otorgarle una pensión se niega y responde: Mi esposo no peleó para dejarme una pensión, sino por la libertad de Cuba.