Ozon se desorbita en un thriller y Klapisch hace postales en la Borgoña

Ozon se desorbita en un thriller y Klapisch hace postales en la Borgoña

  • El amante doble. Foto tomada de Internet
    El amante doble. Foto tomada de Internet
  • El viñedo que nos une. Foto tomada de Internet
    El viñedo que nos une. Foto tomada de Internet

Constituye Francois Ozon, cuya película El amante doble forma parte del Festival de Cine Francés en Cuba, uno de los directores más eclécticos e interesantes del panorama cinematográfico galo del siglo XXI.

Cuanto más me cautiva de este también prolífico realizador es la distensión de su propuesta hacia temas harto disímiles entre cada uno de sus largometrajes, su imprevisibilidad derivada (nunca sabes con lo que vendrá después), el riesgo con que se lanza a la filmación de los relatos escogidos y su preocupación constante por adentrarse en la complejidad de la mente humana.

Chocantes, traviesas, polémicas, siempre singulares, sus apuestas fílmicas buscan profesamente perturbar al espectador y devienen en motivo de refocilación intelectual para el receptor cómplice, en virtud del ardor cinéfilo del creador y ese deseo manifiesto de filmar y filmar, sin dejar de aportar, transmitir, sugerir…, de realizar buen cine desde el vórtice de la industria francesa. Porque Ozon (salvo quizá en Amantes criminales o en Frantz e incluso en Ricky, la más huera de sus criaturas), es un hombre que, aunque emprende un quehacer distintivo y personal, hace películas desde los postulados industriales y no llega completamente a ser un auteur, según el entendido francés del término.

Séalo o no, de su cámara han brotado un puñado de filmes memorables, entre cuya franja más próxima cabría resaltar la excelente En la casa (Concha de Oro del Festival de San Sebastián 2012) y Joven y bonita (2013). Ahora Ozon desembarca en La Habana mediante El amante doble (2017), en la cual retorna al territorio del thriller, no frecuentado por sí desde La piscina (2003).

Gran amante del cine clásico norteamericano y de las creaciones genéricas fundacionales de Hitchcock en la parcela temática del misterio y la intriga, será esta El amante doble, por trechos, la más hitchockiana de las películas de Ozon, aunque con todo el sexo explícito que el inefable gordo inglés solo pudo incorporar metafóricamente en sus tiempos.

Drama psicológico devenido en thriller erótico y a la postre en un desestabilizador artefacto genérico anclado en puro territorio del absurdo,  la ingeniería líquida y viscosa del filme lo sitúan en el zaguán de Verhoeven o De Palma; si bien solo desde las premisas del amago, en tanto Francois nunca alcanza aquí el grado de indagación del holandés y del estadounidense. 

Sin establecer mucho cálculo al afrontar el riesgo, el director europeo se lanza sin salvavidas en una inmersión descacharrante en las comarcas duales de la psiquis humana, y no para mientes en rozar la aparatosidad ridícula al efectuar su particular trasunto de Lives of the Twins, texto de Joyce Carol Oates. A resultas, su película habita en una coordenada de desbalance tonal y temático, solo plausible, o entendible, si el creador estuviese apostando aquí por una reinvención suicida del subgénero, cosa que no es tal a la larga puesto que, pese a todo el rejuego continuado de Ozon en el relato y la presunta subversión de pautas de este sistema narrativo, su hilo dramático terminará la andadura en el más ortodoxo ovillo de cierre fílmico.

El viñedo que nos une: ¡Qué lindas las vides¡

Si, más allá de ambivalencias e indefiniciones, en el filme de Ozon descuellan ese mencionado riesgo y la osadía acostumbrada del director, en El viñedo que nos une (2017), caso del todo contrario, Cédric Klapisch no alberga el mínimo interés en subvertir nada de lo establecido.

El firmante de la elogiada trilogía compuesta por Piso compartido (2002), Las muñecas rusas (2005) y Lo mejor de nuestras vidas (2013) compone aquí una película sin electricidad interior, desapasionada y tendente a la monotonía.

En extremo convencional largometraje de reencuentros filiales tras la enfermedad/muerte de un ser querido común, el padre de tres hermanos franceses aplicados por este en el arte e industria de la vinicultura, El viñedo que nos une hace de su premisa diegética el retorno a casa a raíz de dicho acontecimiento de Jean, el hijo mayor, desperdigado por el mundo y lejos del hogar durante diez años, producto de reticencias con su progenitor que la película nunca tiene la cortesía de justificar.

Al menos yo no me creo esa catarsis del retornado Jean con el anciano en el hospital, moribundo ya. Demasiado poca “maldad” de la figura paterna para provocar tan incomprensible huída del retoño y semejante resquemor continuado en el tiempo. Tampoco resulta para nada convincente el mismo devaneo del mismo hombre a la hora de regresar junto a la esposa que conoció en sus viajes por el planeta y el hijo de ambos.

Como no siento particular interés, ni en ningún caso empatía, por este hermano mayor, como tampoco por los otros dos pequeños (meras siluetas en el relato) y a falta de un buen documental sobre el tema, tomo el filme tan solo como un acercamiento semiantropológico al cultivo de la vid y los días de la vendimia, aprendo algunos términos de ese esperado momento de la cosecha de la uva y disfruto las bellas postales de Kaplisch en su viaje a la Borgoña. Nada más, porque aquí no hay más nada.