Testimonio de la isla. Lo insular en la poesía de la Avellaneda

Testimonio de la isla. Lo insular en la poesía de la Avellaneda

  • Gertrudis Gómez de Avellaneda es otra prueba de ese testimonio insular.
    Gertrudis Gómez de Avellaneda es otra prueba de ese testimonio insular.

Dentro de la tradición lírica cubana hay expresiones de identidad que permiten la elaboración de un criterio sobre la misma. Entre los rasgos que podemos definir como ejes transversales, en el sentido de que atraviesan toda la creación poética, sea de manera vertical, es decir, en el tiempo; horizontal, a través de distintas voces dentro de un mismo movimiento o corriente literaria; o de manera diagonal, como una constante que nos define a través del mito y la transfiguración, una de ellas es la condición de insularidad.

El tema proviene de una cuestión totalmente objetiva. Cuba es una isla, una tierra rodeada de agua por todas partes y nuestra isla comienza su historia dentro de la poesía y es en la poesía donde encuentra su definición mejor. Aquí reside algo que puede aportar una visión completa de nuestra isla a medida que se conforma el corpus poético que la protege y la bordea. Porque la isla también es ella y sus relaciones con los bordes, espacios de los cuales se alimenta.

La poesía cubana ha tomado el tema de la insularidad como uno de los motivos esenciales a la hora de asumir la creación lírica, ya en el Diario de Colón, al cual podemos acercarnos como primer testimonio de la isla, aparece una descripción rica de los elementos que tipifican nuestro país.

La realidad y el sueño, la lejanía y lo inmediato, celebran sus primeras nupcias para nosotros cuando brillan nuestras costas en los ojos del Almirante. Cuba se vuelve entonces, por primera vez, geografía, naturaleza, futuro; entra en la mirada europea, en la esperanza occidental, en la catolicidad del mundo; suena en la lengua española.[1]

Tradición que continúa en el tiempo con nuestro primer texto literario, pues Espejo de paciencia ya inaugura toda una vertiente que después veremos cómo se reconoce en esos ejes transversales. Al respecto, Cintio Vitier en Lo cubano en la poesía escribe: “Aunque de un modo tosco, Balboa presiente uno de los problemas esenciales de nuestra lírica en el siglo XIX, a saber: la situación de la concreta naturaleza insular (nótese que todavía no aparece el paisaje, ganancia romántica)…”.[2]

Con estos antecedentes en la poesía cubana, la voz de Gertrudis Gómez de Avellaneda se instaura con su peculiar estilo. Sobre su figura corren ciertos rumores que no mellan su talento como escritora, sino que tributan a la conformación del mito en su persona. En el caso de la Avellaneda poeta, existen criterios que la sitúan únicamente como autora de tres o cuatro poemas antológicos, y como asegura Roberto Méndez en Otra mirada a la Peregrina esto sucede “porque la mirada reduccionista se ha negado a reconocer las tensiones que otorgan un perfil singular al conjunto…”.[3]

En su poesía podemos apreciar las preocupaciones del entorno y de la naturaleza insular, dando por sentado que en algunos poemas está presente el tema de la isla y sus elementos de una manera raigal. Es útil precisar que en la mayoría de los poetas cubanos está presente esa preocupación, sin embargo, en unos se hace, digamos más evidente. En el caso de la Avellaneda, con poemas como “Al mar” donde no se aborda de manera sustancial el tema de la insularidad, pero si está rondando en ese poema a la vastedad del mar, con la conminación a que siga su eterno movimiento.

Otro de los textos líricos que podemos usar como confirmación de ese impulso es “La pesca en el mar”, donde se mencionan los tópicos que distinguen nuestro espacio insular, de forma tal que esa entrada contando el atardecer, la playa desierta y las olas serenas, la aparición de la luna, la invitación al barquero para el movimiento de remos y adentrar el azul profundo no es más que el preámbulo que finaliza en la confesión:

Yo a un marino le debo la vida,

Y por patria le debo al azar

Una perla —en un golfo nacida—

al bramar / sin cesar / de la mar.

En este poema, también se menciona un tema que le fue cercano en toda la obra de la Avellaneda, las pasiones amorosas. De la misma forma que escribe, no hay dicha como la de amar y cantar; suspirar; pensar y admirar; de olvidar y gozar en el mar, para al final tender las redes y cuando todos están prestos: callar y pescar en el mar.

En el caso de “La vuelta a la patria”, ya en el título está el sentimiento que lo embarga, es como el testimonio de Bonifacio Byrne pero con el florecimiento de un sentimiento patriótico y poético que embarga todo el texto. Lo insular aflora como una sustancia mayor, de donde parte lo esencial de la cubanía, de lo legítimo. Para un poeta no hay patria mayor que su poesía, esta es una de las máximas que podemos distinguir como claves en el caso de la Avellaneda.

El caso más explícito de este sentimiento expresado en versos es “Al partir”, uno de los textos más estudiados y conocidos de la autora. En él llama a Cuba ¡perla del mar! ¡estrella de occidente! y ¡hermosa Cuba!, esa despedida nos recuerda los poemas de Dulce María Loynaz, donde escribe: Como el viajero que llega a un puerto y no lo espera nadie, pero en el caso de Gertrudis quien parte es ella y le dice adiós a la patria feliz, a su edén querido. Como escribe Roberto Manzano en El bosque de los símbolos: “Amó su patria, desde el arte, desde su condición de mujer, desde su estirpe de hija ardorosa del mar, de poeta que habla al aire del mundo con la voz del individuo que ejerce una humanidad sin lindes”.[4]

El final del texto es como el fragmento de un guion cinematográfico, cada palabra representa una imagen y en nuestra mente aparece su figura despidiendo la isla. Añorando el suelo y legándonos un poema tan tristemente bello, concebido con el dolor de la separación y la ruptura a un tronco mayor que es la isla en sí.  

De manera menos directa, es decir, con el enriquecimiento que la poesía puede hacer de un tema, también en los poemas “A la luna”, “A las estrellas”, “La noche del insomnio y el alba”[5] el lector atento encontrará esas pulsiones de lo insular en la obra poética de la Avellaneda. Los tres ejemplos tomados no hacen sino confirmar el mito y asegurar la presencia de un tema que le es caro a nuestros poetas: su espacio insular. La isla mitificada por los bardos. Extendiendo los dominios más allá de sus fronteras, traspasando su imagen en el tiempo. Más allá de patria sonora de los frutos, más allá de esa noche insular con jardines invisibles, más allá de la maldita circunstancia del agua por todas partes invadiendo nuestros espacios en tiempos de tormenta y dejando que las olas penetren tierra adentro dejando una soledad a su retorno.

La isla de Cuba es pequeña, pero sus poetas la engrandecen cada vez que escriben un poema a su tierra. Ese testimonio de lo insular nos recuerda que la misma significa conocimiento espiritual de la patria y Gertrudis Gómez de Avellaneda es otra prueba de ese testimonio insular.

[1] Vitier, Cintio (1970): Lo cubano en la poesía, La Habana: Instituto del Libro, p. 21.

[2] Vitier, Cintio (1970): Ob. Cit. p. 38.

[3] Méndez, Roberto (2007): Otra mirada a La Peregrina, La Habana: Letras Cubanas, p. 326.

[4] Manzano, Roberto (2010): El bosque de los símbolos, La Habana: Letras Cubanas, p. 105.

[5] Todos los poemas referidos se encuentran publicados en el libro La noche de insomnio, La Habana: Letras Cubanas, 2003.