Todo por el arte. A propósito de Velvet Buzzsaw

Todo por el arte. A propósito de Velvet Buzzsaw

  • Fotograma de la cinta. Tomado de internet
    Fotograma de la cinta. Tomado de internet

El arte no siempre es impulsado por criterios artísticos. Detrás del descubrimiento y destino de una obra nótese, además, el afán de buscar un competente representante por parte de un creador. Con todo, se aspira a la inclusión en el mercado. Lo anterior parece calibrar logros contemporáneos relativos a producción y promoción, exhibición y venta que atañen a artista y espectadores especializados, cuando en realidad la relación entre arte y capital debería examinarse desde la modernidad renacentista.

A veces, solo la historia de una obra resuelve o insiste revelar las pulsiones extraestéticas en apariencia que determinan no solo el triunfo o reafirmación de un nombre y su obra, sino las repercusiones para privilegiados: mecenas, críticos de artes, consejeros y compradores “bienaventurados”… De ello se ocupó el cineasta David Mauas cuando presentó su excelente documental Goya, el secreto de la sombra (2011). Otro asunto es entrar en las trabazones internas por razones holísticas o problemáticas y sórdidas por cuestiones personales que, a veces, ni siquiera son simuladas por quienes determinan cuáles artistas “merecen”, en rigor, ser legitimados en la complicada competitividad del mercado del arte. Esto último es materia de Velvet Buzzsaw (2019), el thriller psicológico de terror que, escrito y dirigido por Dan Gilroy, reúne entre otros a Jake Gyllenhaal, Rene Russo, Toni Collette, John Malkovich, Natalia Dyer y Zawe Ashton.

En Velvet… fluyen disertaciones sobre la vocación crítica y la ética de quien ejerce el criterio, máxime si es alguien notable como el personaje de Morf (Jake Gyllenhaal), quien, avanzado el largometraje, declara: “Evalúo por adoración. Hago avanzar lo que analizo”. Rigor y gusto en tan elitista e influyente profesión encumbran o rematan la carrera de cualquiera artista. ¿Cuánto vale Morf, cuál es su límite como evaluador de arte? Ante la oportunidad de un nuevo talento recién descubierto, no duda en confesar: “La crítica es tan limitante y emocionalmente agotadora. Siempre quise hacer algo más grande, más allá de opinar. Sumergirme un poco en una exploración de origen y esencia. Una metamorfosis de espíritu a la realidad”. Ahora quiere indagar y hacer labor de historiador de arte para biografiar al supuesto desconocido pintor. Aquí Velvet Buzzsaw insinúa la aparición inmediata del conflicto más externo y acaso evidente: el miedo a la dictadura clasificadora y valorativa. No son pocos los implicados que pretenden “mojarse” de la nueva colección. Pero Morf, indiferente y creído, se valora lo suficiente: “Estoy dispuesto  a escribir el folleto de la exhibición. Eso le dará peso instantáneo al lanzamiento. A cambio, quiero los derechos exclusivos para escribir un libro y varios artículos”. Allí, acá y en cualquier lugar del mundo, los críticos de artes se crean sus oportunidades. Ahora, al permitir la entrada paulatina de un conocimiento espantoso, se nos presenta el tránsito del relato por otros terrenos temáticos y, quizás sorpresivos, desde el punto de vista estilístico y visual.

La clasificación genérica del film expande sus cuotas de suspense cuando asocia el thriller psicológico con lo monstruoso en sí mismo. Llegamos al punto de preguntarnos: ¿podrá el director sostener todo esos planteamientos del inicio en torno al arte y su adecuada recepción en la galerías, así como los titubeos del mercado ante los representantes de artistas e incluso de esos interesados en aproximar arte y vida en momentos en que la película asimila atributos del cine terror?

La incertidumbre que sobreviene en la atmósfera del relato de Velvet… pudiera inclinarse más hacia la escenificación de una probable dominación sobrenatural que a la supremacía de sus primeros enunciados verbales acerca del arte y demás. Ambas fases pueden retribuirse sin problema alguno. Aunque cabe sospechar: ¿no estaremos, tal vez, frente a la defensa del autor incomprendido y olvidado que bien muerto, decide que su obra se desquite por él tanto literal como simbólicamente? Pero no, el efectismo visual está más que justificado por plantilla histórica: la potencia de lo demoníaco, cual prolongación imaginativa de cuanto hubiera dispuesto por ejemplo la imagen terrible de Dorian Gray, intentará amparar la amenidad conversacional. A propósito, la película de Dan Gilroy resalta por la inteligencia de los parlamentos confrontados como cuando Jon Dondon (Tom Sturridge) conversa con Piers (John Malkovich) y este le pregunta: “¿Me estoy copiando a mí mismo?”. Y aquel le contesta: “No es copia si es tu canon”.

Pasada la primera hora, el avance del mal acelera el ritmo de la narración y el destino fatal de los cómplices ya menos seguros y pedantes. Más allá de su relato y las excelentes actuaciones, en especial la de Jake Gyllenhaal y Rene Russo, la propuesta de Gilroy es muy atractiva asimismo por ser una metáfora sobre la autonomía de arte y el precio a pagar cuando la subjetividad adiestrada se mercantiliza.