A través de un trillo

A través de un trillo

  • Portada del texto. Cortesía del autora
    Portada del texto. Cortesía del autora

“Con el primer sol salimos del alto, y por entre cercados de plátano o maíz, y de tabaco o yerba, llegamos, echando por un trillo…”.

Así describe José Martí su llegada en el viaje de Montecristi a Laguna Salada, en su Diario de Campaña.

Martí fue un hombre de gran sensibilidad ante el paisaje, como también lo es Roberto Manzano; Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén, y estudioso y seguidor de la obra martiana.

No es extraño, entonces, que algunos de sus títulos sean Poesía de la tierra, Canto a la sabana o Pasando por un trillo, título en el que nos detendremos.

Pasando por un trillo es un libro de poesía, pero no está dirigido al público adulto. Esta joya de la literatura infantil fue creada en un inicio para sus hijos, pero hoy, luego de varias reediciones, pertenece a todos los niños que lo han leído y lo será también de los que faltan por leerlo.

Desde su apertura con el poema Pozoincita a la complicidad cuando enuncia: “Al romper el alba cálida de agosto los niños subimos a mirar el pozo”. Y cierra: “Callados estamos, pegando los rostros”.

Elementos como el verdor de nuestra tierra y el brillo de las frutas van llenando de olores y colores todo el texto. Los trinos de las aves le darán musicalidad como en Sinsonte: “¿En qué hondo confín tus canciones son como las soñé, sin-son- te?”. La música está en el aire, en las palabras, tan cerca y a la vez tan lejos, el mundo natural está a nuestro alcance, sin embargo, muchas veces nos resulta ajeno, misterioso y desconocido.

Manzano es un poeta deslumbrado por la naturaleza, en el poema Jícara expresa: “Hay un eco fecundo dormido en lo profundo”. Y creo que esto va a ser de importancia en el resto del libro. En casi todo reposa la madre Natura, aunque sea como un recóndito eco dormido. Así, abre sus fecundos brazos este volumen y gracias al poder descriptivo de su autor, al recorrer estas páginas se puede contemplar el mundo silvestre.

En tiempos muy remotos, el homo sapiens conocía el lenguaje de los árboles y podía dialogar con la floresta. La caza estaba estrechamente pactada entre los hombres y los espíritus del bosque. Con el devenir de los tiempos, olvidamos aquel lenguaje, tan esencial como la vida misma, y como resultado perdimos el vínculo que nos unía con la tierra. Este libro es una suerte de redención por los lazos perdidos, el sujeto lírico incita al descubrimiento del mundo a través de los ojos del resto de las criaturas. Una muestra de esto es palpable en el texto: Caracol: “Solo ve cabizbajo las campanillas, rizomas y raicillas. Es tan pequeño el mundo de sus ojos y de sueño. Pero todo lo sabe y lo domina cuando por pardo trillo lento camina. Toda la ciencia del suelo se acumula en su experiencia”.

“Toda la ciencia del suelo se acumula en su experiencia”, el micro mundo es tan importante para la vida como las vastas sabanas o los frondosos bosques, después de todo, en algo tan diminuto como plancton está el 70 % del oxígeno que respiramos. Otro ejemplo es el poema Venado: “Dentro del monte oscuro el ojo del venado mira, y mira asombrado con un reflejo puro”. Y de pronto me remite a aquellos versos de Martí: “Tiene el leopardo un abrigo en su monte seco y pardo”, pero no está tan segura la vida del venado como ya tampoco lo está la del leopardo; pues así continúa: “El ojo del venado dentro del monte oscuro aguardando alarmado”. En este ser habita la inocencia, ese reflejo puro, y a la vez, la incertidumbre ante la espera de ser cazado. Ya no es la caza, un pacto con aquellos ancestrales espíritus del bosque, sino la ley del más fuerte, del que porta las armas, nosotros. Y me regresa este poema al inicio del libro en Brasa: cuando la voz del personaje dice: “Mi padre ha llegado de la manigua espesa sin haber cazado una sola pieza…”. Sin embargo, al final del texto indica: “Yo no quiero caza ni pesca yo quiero: quiero ver la brasa en el brasero”. El niño está deslumbrado por el aliento purificador del fuego y olvida todo lo demás, ese mismo fuego alrededor del cual el hombre antiguo se congregaba y planificaba la vida, en familia. Y, he aquí otro elemento a destacar dentro de estos textos, como indiqué al principio, Manzano concibió este libro para sus hijos y, por tanto, es un libro para la familia y para leer a los niños antes de dormir. Dice el poeta en El quinqué: “Nos alumbra la saleta el quinqué a la familia completa”.

Inicia el libro con la calidez de agosto y cierra con la frialdad de diciembre, aunque tiene diciembre el mismo tono íntimo y familiar que le da una calidez humana y genuina: “Ya es diciembre, hermano mío, y el aroma del asado va subiendo del bohío. Vámonos”.

Leer este libro es una aventura a través de un trillo, sin dudas, colmado de magia.