Un cuerpo que se orienta en la erosión

Un cuerpo que se orienta en la erosión

  • La autora Leyla Leyva.
    La autora Leyla Leyva.

Decía Seamus Heaney que hay momentos en que uno vislumbra una necesidad mayor, uno exige que el poema sea más que agradablemente certero; que sea también sabio; no sólo una variación tocada para sorprender al mundo, sino una nueva afinación del mundo mismo. Eso es lo que ha sucedido en el caso de Leyla Leyva con su libro Ejercicios carnales,[1] publicado por la Editorial Letras Cubanas, donde comprobamos que de una poesía de marcado tono íntimo y metro se ha deslizado hacia un estilo de más tensiones emotivas, y por tanto compositivas, y de mayor eficacia expresiva. Es la carne que cruje, se agita y se reordena entre los cercos de la realidad. ¿El escenario de esta justa es la batalla de la mente, el cerebro que discierne con pasmosa lucidez, transpirándola por los poros del cuerpo? ¿O la altura de un cuerpo que divisa, desde su lugar, ambiguo a la ilusión de los otros, y nos cuenta de cómo la amargura se fija en un paisaje? Se defiende un mundo con el estoicismo de un mártir o de una madre. Con la razón como emblema se consigue como trono la prisión, el ostracismo, la impotencia. Quizá por ello sea la sequedad la virtud con que se despliega o se resume la poética de este libro, que en la sustancia de la esencia hace suya la economía de la verdad. Bebemos mutismo, sequedad, semilla amarga, sombra lacónica en el cuerpo del lenguaje. La autora prueba en esta entrega que un cambio de estilo es un cambio de tema, como afirma Wallace Stevens, debido a que estas intensidades hacen palidecer sus antiguos asuntos, más cercanos a la soledad, la nostalgia o al anhelo de la maternidad.

El verso es seco, magro, despojado, penetrante, tan seco como preciso, pues la tensión sintáctica y la economía de medios expresivos se vuelven curiosamente un único y efectivo recurso, en versos de arte menor mayormente y en una estrofa donde hay y no hay encabalgamientos, aspecto que queda estrechamente vinculado a la habilidad del lector a la hora de evidenciar las prendas de su oficio. Al verso filoso le preocupa tanto lo que pierde como lo que deja, cifrando en forcejeos. Pese a lo cual habita una desproporción en notables poemas que distingo, a los que parece sobrar el verso o la estrofa finales.[2]

Aunque el tema es la incomunicación, el roce o la inviabilidad doméstica, las imágenes o metáforas se construyen también con elementos de la vida doméstica, lo que aporta naturalidad y crudeza a la reflexión, filos mellados por quien los crea:

manteniéndote firme
seguro que lo logras
ahora
si fallas
sólo ganarás reanudar el curso
de algunas situaciones que consolidan
la percepción del daño
ya alcanzamos el tope
/ tercero
                    y cuarto/
camino sobre equivalencias
una  losa junto a otra losa
que hacen la imagen alterna
sobrepasada
del piso acabado de limpiar
(puedes deslizarte
caer
y yo fingir que me ocupo
cuando en realidad percibes
que nunca dejaría de ocuparme
)[3]

Es un universo de sequedad que avanza desde la sequedad. El verso cortante, romo, reproduce la sequedad de la náusea, el relumbre de la angustia, la desilusión que borda sus pequeñas puntadas en lo sucesivo. Por eso es lógico en estos textos, breves en su mayoría, ver cómo el ser se compara a la naturaleza sin espíritu, cómo se extingue en el fluir del mundo físico, más allá de cualquier insondable dolor. Un ser crudo y natural, como un pequeño tajo.

El sacrificio, el desgarramiento se suceden como actos cotidianos, incluso domésticos. Son franjas que atisbamos con su trabajosa luz y perdemos de vista con impotencia y la inercia de un respirar tranquilo. El cuerpo del deseo, hundido en la razón, se encomienda a la vida en su imposibilidad. Es una psiquis que se deshuesa y que a la vez hunde su hueso a nuestra vista de manera que todos lo perciban, y en la que la violencia real hace anidar una violencia de cartón, amargamente ridícula, pues la indignación vuelve impotente la carne casi sabia.

Pudiera ser polémico el afirmar que en este libro subyace o habita una posición de género, porque en el mismo tenazmente se concibe un dibujo, de un ser por su conducta, sus impensados y pensados gestos, que apenas vemos, puestos debajo de la lupa. La psicología femenina, con su afán telúrico, se vuelca contra los estamentos de la conducta masculina, más allá de un ansia o una furia a la que acompaña una resistencia a ocupar el lugar que le designan en el plano. El cuerpo se le cede a la osadía. Soberbia e impotencia se desgranan como una vaina seca sobre un sustrato cínico –o el cinismo como defensa– que provoca no un dolor recesivo, sino un dolor que agrede. La poeta nos dice que si ya entró en el cuerpo señalado, tener conciencia de ello es un pecado de lesa humanidad, y a la postre tan sólo quedará la vibración de una naturaleza herida en la que persevera la razón. Descubrimos “tras unos versos, más allá de una destreza, una cierta presencia, una energía, un vigor, un sí mismo”;[4] una poeta, un cuerpo que se orienta en la erosión.

 

[1] Leyla Leyva. Ejercicios carnales. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2009.

[2] Véanse “Coyunturas/ equivalencias” y “Mujer de alguien”.

[3] “Coyunturas /Equivalencias”, p. 53.

[4] Luis Zufodsky. “Declaraciones a favor de la poesía”, en revista Poesía y Poética, 1994. Universidad Iberoamericana, Verano, México DF, 1994, p. 56.